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En las últimas décadas la conservación del patrimonio cultural y natural se ha convertido en una preocupación importante de la sociedad, una vez que ésta ha cambiado su actitud con respeto al patrimonio desde una primera sensibilización a la protección singular de los monumentos antiguos a principios del siglo XX, hacia una protección de las diferentes expresiones del arte de la construcción y de las obras conjuntas del hombre y de la naturaleza -conjuntos construidos, arquitectura popular, edificios industriales, parques, jardines- y paisajes naturales y culturales enteros. Por otra parte, en los años 90, el mismo concepto de políticas de patrimonio ha cambiado: se está rechazando progresivamente las políticas que se aplicaban a los objetos que se creía posible detener en su evolución y "museificar", pasando a la noción del patrimonio cultural que se integra en la din&aa cute;mica socioeconómica y en los procesos de desarrollo territorial.
Sin embargo, la política conservacionista española, que durante largo tiempo sirvió de cierto alivio a una degradación más o menos difusa y progresiva de los paisajes y sus elementos arquitectónicos, se centraba solamente en la preservación de algunos lugares y monumentos destacables . Al mismo tiempo, no fueron tenidos en cuenta los espacios de la vida cotidiana de muchas generaciones de españoles, como son, por ejemplo, los paisajes rurales tradicionales con sus cortijos, haciendas, lagares, caserías, etc. Si los edificios relacionados con el medio rural han evolucionado junto con el espacio agrario adaptándose a las necesidades de cada época, las transformaciones de las últimas décadas, cuyas consecuencias son la conversión de los paisajes agrarios en espacios comerciales monofuncionales y la uniformización generalizada de los paisajes, están amenazando a la existencia de estos "vestigios" de la historia agraria andaluza.
Las Haciendas y los Cortijos de Andalucía son edificaciones tradicionales que tienen su origen en la explotación agrícola y ganadera de las fincas donde se encontraban. Dada la enorme riqueza agro-ganadera de nuestra región, y la influencia de la metrópoli en las exportaciones tras el descubrimiento de América, estos espacios se convirtieron en muchos casos en verdaderos complejos manufactureros donde se unía la necesaria funcionalidad de las zonas dedicadas a las labores, con el más acogedor lujo de los espacios destinados a residencia de sus propietarios. Según las provincias o las zonas donde se encontraban, las haciendas, cortijos, lagares y molinos se iban desarrollando de una forma específica, y pasaban de ser modestísimas casas de campesinos a lujosas residencias de nobles y reyes. Incluso en nuestros días, la tradición continúa, y estos edificios siguen siendo recuperados o construidos como un símbolo de riqueza y posición social.
En los últimos años, muchos de estos espacios han sido rehabilitados con mimo para ofrecer servicios turísticos de gran calidad. Otros, han sido construidos de nueva planta, dando una imagen de modernidad y lujo a estas construcciones tradicionales. En cualquier caso, la actividad turística ha supuesto la rehabilitación de haciendas y cortijos que estaban condenados a la ruina , o la creación de nuevas instalaciones con niveles de calidad a la altura de los mejores establecimientos turísticos del mundo . Así, estos edificios singulares, han ido especializándose en la prestación de servicios turísticos, con o sin proporcionar alojamiento, desarrollados en la mayoría de los casos en el ámbito rural, sin que por ello podamos encuadrar su actividad solo y exclusivamente en el marco del turismo rural.
En este sentido, las actividades que se realizan en estos establecimientos, va, en muchos casos, mas allá del mero alquiler de habitaciones o viviendas por un tiempo definido, encontrando cortijos y haciendas que se dedican a la celebración de eventos, escuelas de equitación, centros formativos, etc. Hoy en día, el fenómeno del turismo rural ha ampliado y especializado su oferta, el visitante no solo espera descanso en un alojamiento con encanto, al mismo tiempo busca la realización de numerosas actividades desarrolladas fuera del ambiente urbano, que abarca desde el senderismo hasta rutas de primer nivel confeccionadas a la medida de los clientes. Además, los eventos, incentivos de empresas y congresos buscan, cada vez más, actividades y establecimientos de este estilo. LA ASOCIACIÓN DE HACIENDAS Y CORTIJOS DE ANDALUCÍA. La Asociación de Haciendas y Cortijos es una entidad de ámbito regional, con personalidad jurídica y plena capacidad de obrar, que no tiene ánimo de lucro, cuyo funcionamiento es plenamente democrático y establecido por tiempo indefinido.
Cuenta con un número creciente de asociados, que en septiembre de 2006 es de 54, que deben solicitar su adhesión a la Junta Directiva , quien, previa inspección de sus instalaciones, dará conformidad o desestimará dicha solicitud. Una vez admitidos, sus asociados son miembros de pleno derecho, pudiendo participar en todas las actividades de la asociación o abandonarla, en su caso. Tiene carácter regional, ya que sus asociados están establecidos en casi todas las provincias andaluzas, y aunque su sede se encuentra en Sevilla, realiza sus actividades promocionales en todo el territorio andaluz.
Está regida por la Junta Directiva , elegida cada cuatro años, y la Asamblea General , donde los asociados se reúnen una vez al año con carácter ordinario. Cuenta con un gerente para el desarrollo de los planes de acción aprobados por los órganos de gobierno, y con una sede social donde se centralizan estas actividades.
Está sometida a los requerimientos de control de las Administracion es Públicas competentes y a las declaraciones patrimoniales pertinentes. Los fines que persigue la asociación son los siguientes:
De esta forma, la Asociación de Haciendas y Cortijos de Andalucía nace con el objetivo de agrupar a estas edificaciones singulares, defendiendo las características que les son propias y les diferencian del resto de establecimientos dedicados al turismo rural. Estas características se resumen en: